Dirty Harry, que está buenísima, debe ser la película más yanqui del mundo. Está buenísima porque no es careta, no tiene dobles discursos, asi que podemos distanciarnos y saber que los héroes están equivocados, interpretar el discurso como irónico y burlarnos del pelo de Clint Eastwood o de la obsesión fálica por las armas.
Una película careta sería la ultima Batman, en la que si miramos sin paranoia antiyanqui acabamos pensando que tiene una posición re copada. Pero el hecho de plantar alegorías que simbolizan simplificando en vez de mostrar la complejidad del problema real ya genera gente que frente al problema real responde con simplificaciones, con vacío. Lo único que podemos pedirle a los yanquis es Dirty Harry: que no sean caretas y nos muestren lo que piensan de verdad. Son el enemigo, no nos confundan, son todos malos, basta de yanquis arrepentidos.
Se plantean todas las dudas blumbergianas. Después de que Harry tortura al asesino para averiguar dónde está la chica secuestrada y lo captura entrando en un estadio sin una órden, al malo lo dejan salir libre por la 4ta y 5ta enmienda, los derechos humanos, etcétera. Entonces Clint se pregunta por los derechos de la víctima.
La palabra me cae como el orto pero es obvio que en la peli hay un discurso del aparato policíaco, y que es el real, el mismo que en Buenos Aires y en Estados Unidos. El único personaje con un discurso o una ideología absolutamente ficcional, irreal, es el asesino. En toda la historia del cine maniqueísta norteamericano es igual: un héroe que baja la línea directa y más real del Estado yanqui, lo que Estados Unidos quiere proponer, y un antihéroe que en la vida real no existe, no puede existir. Se inventa un Mal extremo para ubicar esa otra fuerza en el campo del Bien. En esta peli el malo tiene pelo largo, es flaco, parecido a mí. Obvio que es el único personaje de la peli con el que alguien como yo podría tomarse una cerveza.