Al libro me lo recomendó una clienta de la librería de la que me acaban de echar y me encantó. Empieza con una carta que Berg le manda a su novia, Helene Nahowski:
Esta noche, mi amor, te he sido infiel por primera vez. Ya sabes que mi idea de la felicidad no es como la de la mayoría. Para mí, es un estado interior que nunca abandona al amante, que lo sigue como su sombra y se vuelve parte de su personalidad: el sentimiento de que nunca está solo, de que es un ser dependiente, de que sin la amada ya no es una persona entera, capaz de enfrentar la vida.
En ese sentido te he sido infiel esta noche. Fue durante el final de la sinfonía de Mahler, cuando poco a poco me invadió una sensación de inmensa soledad, como si del mundo no hubiera quedado más que esa música -y yo que la escuchaba. Pero cuando tras el climax, potente y arrollador, se hizo el silencio, sentí una punzada de dolor, y una voz adentro mío dijo: ‘y Helene?’. Entonces me di cuenta de que te había sido infiel, y por eso imploro ahora tu perdón. ¡Decime, mi amor, que me entendés y me perdonás!”.
Más adelante, el libro, muy bien escrito, nos muestra cómo Berg, en su Suite Lírica, nos fue dejando pistas de un amor hacia otra mujer, una infidelidad común, no a su altura. Pero su entramado, las pistas que como miguitas de pan fue dejando en la suite, elevan una corneada a algo así como un crímen perfecto, con el equilibrio perfecto entre lo que sería un secreto absoluto y lo que debe ser descubierto. La dosis justa de imperfección, una pincelada muy linda.
La pregunta consuelo que Helene, que pareciera una chica muy linda, muy tierna y muy buena, se hace es si Berg de verdad se enamoró de Hanna Fuchs (La Otra) y por eso escribió su suite lírica o si necesitó, inventó, el secreto, el amor latente y oculto en el cuerpo, para poder escribir.
Avanzo en el libro.
Berg, en una carta a la otra, le dice que su suite lirica es “la música más hermosa que haya escrito, y agrega “aun un oyente desprevenido sentirá, creo yo, algo de la ternura que sentí, y que aún siento cada vez que pienso en ti, amor mío”. El compositor entonces se ve invocado como una especie de fuente suprema de una escucha de la obra que vuelve la comprensión de la música indisociable de lo biográfico. Claro que esa frase presenta el pensamiento de berg en la forma más simplista posible. Bah, y se me ocurre ahora: todo el problema estético planteado en la suite lírica gira en torno a la prudencia de ese “creo yo” de berg. O sea, si ese -oyente desprevenido- puede reconocer el sentimiento del compositor, da decir que la música para berga es un lenguaje de lo afectivo, y si también puede sentir el sentimiento da decir que el arte es un medium de la intersubjetividad sensible. La suite lirica se convierte en la culminación de lo que carl dahlhaus llamó “la cultura burguesa de los sentimientos”. Que la estética musical de berga era mucho más compleja que la de un epígono del biedermeier lo muestran de sobra sus cartas y artículos. Al contrario, es el pensamiento de alguien en busca de un modo de inscripción de la vida en la obra capaz de trascender la degradación del yo de la estética romántica. Entonces qué me importa que ese creo yo particular en una carta de amor es solamente una fórmula caballerezca, chamullo o qué. A mí me deja entrever una duda casi filosófica, una grieta. lo importante ahora es que ese creo yo es pronunciado al primer nivel de los poseedores del secreto: berga se lo escribe a Hanna antes del estreno de la obra. O sea que la primera hipótesis sobre el sentido de la obra es formulada al interior de la red oculta, pero concierne a su exterior, al “oyente desprevenido”, c’mon, a todo el mundo. Especialmente (seamos malos) a los críticos que bardeaban a la música dodecafónica por su “falta de alma” (recontra sic). La pasión delirante y perversa de berga por hanna es en la lógica del mito de la intersubjetividad una prueba sobrada de la existencia de “alma” en la suite lirica. Pero este corazón de la obra no puede ser revelado, no DEBE serlo. Porque si el programa secreto no fuera secreto quién podría decidir que no es él, lenguaje y no música, quien establece el sentido de la obra? Saldrían todos los criticastros y teoriquitos a poner el valor sentimental en las circunstancias de la obra y no en su referente, ni siquiera en su factura. Se hubieran puesto a discutir sobre la música de programa. El creo yo de berga es la marca de una apuesta de la música sobre su propio porvenir (berga, que era humilde de verdad, sabía sobre la importancia de su música en la historia, pero como cualquier persona talentosa y humilde de verdad, también sabía lo irrelevante, lo poquita cosa, que la historia es). Fijate por dios qué groso lo que berga hace: ubica casi geográficamente en su obra ese “alma” que los críticos le piden (hasta se inventa un romance y le es infiel a su mujer para fabricarlo), pero para potenciarlo diseña un sistema, un plan, y ese plan consiste en esconder lo que le piden (si lo esconde por circunstancias sociales o artísticas no me importa), sabiendo que lo latente, lo escondido, lo oculto, siempre siempre pero SIEMPRE va a estar empujando y contagiando. Esta apuesta es una apuesta secreta. Después de berga los demás guardianes del secreto van a ejercer el privilegio de formular hipótesis sobre el sentido de la obra, pero todas esas hipótesis buscan suprimir el creo yo supeditando la comprensión de la obra a una explicación biográfica cuyo carácter secreto al mismo tiempo protegen con fidelidad absoluta.